Crees que actúas desde la razón, desde la voluntad, sabiendo lo que deseas en cada momento. Piensas por tanto, que eres dueño de tus actos. Por esta razón consideras que eres tú el que decide lo que quiere o no en tu vida. No te cuestionas nada más allá.
Ignoras, que lo que piensas, sientes o haces, está dirigido por un mundo interior, del cual no eres consciente, que se limita a revivir una y otra vez un pasado que no has logrado entender, y que consecuentemente cada vez está mas distorsionado. En lugar de destinar tus esfuerzos a lograr entender porqué tuviste que vivir aquello que viviste, decides reprimirlo, utilizando para ello los mecanismos de defensa más sofisticados que tengas a tu alcance. Por tanto, cuanto más elaborados sean, mejor. Si además tienen una buena dosis de racionalidad, y objetividad y encima aparentan madurez, mejor aún. Ya si además, le puedes añadir una dosis victimización, y culpabilización exterior, te coronas.
¡Importante! Culpabilizar al otro es lo más utilizado y lo ideal. No obstante, también puedes culpabilizar al destino, la mala suerte, o la época en la que te ha tocado vivir. No obstante, si quieres darle un toque más trascendental no olvides culpabilizar al karma, la infancia, o algún trauma no resuelto (si es en la infancia, mejor que mejor). Así, darás a entender que estás más elevado que el resto.
Por supuesto, no te pares a leer lo que quiero transmitirte, no vaya a ser que te des cuenta de algo. En lugar de esto, sigue protegiéndote, autoengañándote. Negando la evidencia. Aquello que siempre estuvo -y está- delante de tus ojos y no tienes la fuerza, el coraje y la valentía de reconocer. Mientras tanto...
Sigue llamando vivir, a lo que en realidad es sobrevivir.
Sigue llamando exterior, a lo que en realidad es interior.
Sigue llamando al destino, a lo que en realidad es un patrón.
Sigue llamando presente, a lo que en realidad es pasado.
Sigue llamando realidad a lo que en realidad es una ilusión.
¡Sigue!



