Buscas en todos los sitios habidos y por haber. Curiosamente, el sitio más cercano, más sencillo, y más fácil, es el que siempre pasa desapercibido para ti: tu interior.
¿Paradójico no? Lo tienes delante de tus narices y no lo ves, y sabes ¿por qué?
Crees que actúas desde la razón, desde la voluntad, sabiendo lo que deseas en cada momento. Piensas por tanto, que eres dueño de tus actos. Por esta razón consideras que eres tú el que decide lo que quiere o no en tu vida. No te cuestionas nada más allá.
Ignoras, que lo que piensas, sientes o haces, está dirigido por un mundo interior, del cual no eres consciente, que se limita a revivir una y otra vez un pasado que no has logrado entender, y que consecuentemente cada vez está mas distorsionado. En lugar de destinar tus esfuerzos a lograr entender porqué tuviste que vivir aquello que viviste, decides reprimirlo, utilizando para ello los mecanismos de defensa más sofisticados que tengas a tu alcance. Por tanto, cuanto más elaborados sean, mejor. Si además tienen una buena dosis de racionalidad, y objetividad y encima aparentan madurez, mejor aún. Ya si además, le puedes añadir una dosis victimización, y culpabilización exterior, te coronas.
¡Importante! Culpabilizar al otro es lo más utilizado y lo ideal. No obstante, también puedes culpabilizar al destino, la mala suerte, o la época en la que te ha tocado vivir. No obstante, si quieres darle un toque más trascendental no olvides culpabilizar al karma, la infancia, o algún trauma no resuelto (si es en la infancia, mejor que mejor). Así, darás a entender que estás más elevado que el resto.
Por supuesto, no te pares a leer lo que quiero transmitirte, no vaya a ser que te des cuenta de algo. En lugar de esto, sigue protegiéndote, autoengañándote. Negando la evidencia. Aquello que siempre estuvo -y está- delante de tus ojos y no tienes la fuerza, el coraje y la valentía de reconocer. Mientras tanto...
Sigue llamando vivir, a lo que en realidad es sobrevivir.
Sigue llamando exterior, a lo que en realidad es interior.
Sigue llamando al destino, a lo que en realidad es un patrón.
Sigue llamando presente, a lo que en realidad es pasado.
Sigue llamando realidad, a lo que en realidad es una ilusión.
¡Sigue!
El efecto Troxler ocurre cuando fijas la mirada en un punto durante varios segundos y los estímulos periféricos, como los círculos de alrededor, comienzan a desaparecer porque el cerebro se adapta a señales que no cambian: al reducirse los micro movimientos involuntarios de los ojos, la imagen queda estable en la retina, las neuronas disminuyen su respuesta y la corteza visual filtra esa información por considerarla irrelevante, priorizando el estímulo central; así, los círculos no dejan de existir, sino que el cerebro deja de representarlos conscientemente, ya que está diseñado para detectar cambios y no estímulos constantes.
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El resultado es que cada vez te encuentras más desorientado, perdido y, consecuentemente, desconectado de ti. Inmerso en ese exterior, absorbido por el mismo, intentas tapar esto que sientes con más estímulos, más actividad, más distracción.
Mientras tanto, la vida te susurra a través de las situaciones que te encuentras, y que con toda probabilidad se repiten (cada vez más fuertes, ¿te suena?). Nada es casual, pero tú así lo interpretas. Es entonces, cuando el cuerpo comienza a hablarte: una molestia, una tensión... Sin embargo, harás lo de siempre: tapar, anestesiar y continuar. Entonces tu cuerpo, ya no hablará, gritará, implorando que hagas algo. A pesar de ello, volverás a ignorar sus señales, pues total y absolutamente focalizado en las cosas el mundo, tu atención se centrará ahí.
El impacto entonces llegará, sacudiéndote de arriba a abajo, el parón ya no es opcional, es obligatorio, e incrédulo te preguntarás ¿por qué a mi?
No te das cuenta que no fue de repente, que hubo señales, muchas, y repetidas. Sin embargo, tu foco de atención estaba lejos, muy lejos de ti, tan lejos que no supiste darte cuenta de ello.
Recuerda que la vida no deja de mostrarte lo que necesitas, pero eres tu quién elige donde pone su foco de atención. Salir de ese estado de inercia no es fácil, no es suficiente con “mirar hacia dentro”. Para ello debes salir del ruido externo, darte cuenta de lo que hay delante de ti a nivel externo, sin evasiones, sin interpretaciones... sin defensas. Sólo así podrás comenzar a dirigir la mirada hacia el lugar en el que siempre debió estar: tu interior. Sólo así podrás realmente salir del estado de sonambulismo en el que llevas toda tu vida.
Te quedas donde estás porque sientes que estás cómodo. Te quedas ahí, porque crees que estás ganando algo. Ves beneficios. Piensas que mantener tu posición, tu forma de actuar, tu rutina, te compensa. No obstante, lo que no ves —o no quieres ver— es que esos supuestos beneficios son barrotes invisibles.
Te empeñas en librar batallas en escenarios que jamás han existido, derrochando los días con obstinación ciega, malgastando el tesoro irrepetible que es la propia vida. Te agitas, te defiendes, construyes enemigos en rincones de tu mente, y conviertes tu tránsito por el mundo en una guerra constante contra algo imaginario, que sólo existe en tu cabeza.
La Navidad no habla de un nacimiento ideal, habla de uno inevitable. Algo empezó a gestarse el día que elegiste tu camino. Debes tener presente que cada decisión tomada fue construyendo una experiencia que tenía que vivirse. No para castigarte, sino para despertarte.
Nada de lo que ocurrió fue un desvío. Fue el camino exacto que tenías que recorrer, y por tanto, este resultó imprescindible para que hoy estés aquí.