miércoles, 18 de febrero de 2026

No es no puedo, es no quiero

Te quedas donde estás porque sientes que estás cómodo. Te quedas ahí, porque crees que estás ganando algo. Ves beneficios. Piensas que mantener tu posición, tu forma de actuar, tu rutina, te compensa. No obstante, lo que no ves —o no quieres ver— es que esos supuestos beneficios son barrotes invisibles.

Ese beneficio aparentemente puede darte lo que tú quieres: afectividad, atención, ser el centro de tu entorno, que se preocupen por ti, aprobación, seguridad económica, reconocimiento social o una sensación de control que te conduce a una supuesta estabilidad. A pesar de ello, en ocasiones te paras -o te paran más bien-, te hacen reflexionar, y te preguntan: ¿es ese el camino que realmente quieres?

Es en ese preciso instante donde ese "no quiero", que encuentra su base en los pseudobeneficios, se apodera de ti. No dices “no quiero salir”, dices “no puedo salir, me da miedo”. No dices “esto me limita”, dices “esto me conviene”. Juegas con el uso del lenguaje y con eso intentas cambiar tu percepción, distrayéndote, defendiéndote, negándote la evidencia, lo que los hechos objetivos te muestran. Tu encierro entonces se vuelve una elección total y absolutamente consciente. 

Cuanto más tiempo mantienes ese intercambio, migajas de beneficio por grandes porciones de vida, más se fortalece la ilusión que has creado. Ya no defiendes tu elección: la necesitas, pues no sabes vivir sin eso. En este momento reconocer el autoengaño tiene un coste demasiado alto. Tu margen de salida se reduce. Lo que al principio era un cambio, quizás doloroso pero viable, con el tiempo te parece poco menos que imposible. No porque no exista alternativa, sino porque te metiste tanto, tan al fondo, tan profundo que al final acabaste cavando tu propia tumba.

Sólo cuando dejes de disfrazar tu realidad, negando la evidencia y empieces a reconocer que lo que llamas beneficio, no es más que una atadura, comenzará la posibilidad real de salir de dónde estás.

lunes, 2 de febrero de 2026

¡Eres idiota!

Te empeñas en librar batallas en escenarios que jamás han existido, derrochando los días con obstinación ciega, malgastando el tesoro irrepetible que es la propia vida. Te agitas, te defiendes, construyes enemigos en rincones de tu mente, y conviertes tu tránsito por el mundo en una guerra constante contra algo imaginario, que sólo existe en tu cabeza.

Desde tu idiotez, te esfuerzas en construir conflictos inexistentes. Para ello, creas dramas superfluos, participas con fervor en disputas ajenas, haces tuyas ofensas que no te pertenecen y defiendes causas nacidas de tu orgullo y del miedo que atesoras. Te aferras a la razón como a un estandarte, sin advertir que pierdes la paz en cada contienda, que cada discusión innecesaria es un fragmento de existencia, de tú existencia, que no regresará jamás. 

Más tarde, cuando el cansancio te empieza a pesar y el vacío se te hace evidente, buscas con desesperación la felicidad que tu idiotez se encargó de destruir. Imploras a Dios, a los ángeles, a los astros, a la propia vida, o a quién sé yo, una vida distinta después de haber reducido a escombros la que tenías.

¿Sabes qué ocurre? Mientras tanto, la vida avanza, silenciosa, indiferente a tus guerras ficticias. Los días se suceden sin pausa, las estaciones cambian, el tiempo no se detiene. 

Finalmente, llegas a la vejez, la última, y maravillosa, etapa de este viaje llamado vida. Periodo que debería servirte para descansar. No obstante, ahí sigues: amargado, resentido, atrincherado en tu propio campo de batalla imaginario. Fuiste incapaz de soltar, de comprender, de vivir sin convertir -casi- cada instante en una lucha que jamás debió comenzar. 

Y lo más trágico no es haber vivido en una guerra imaginaria, sino no haberte dado cuenta que el verdadero enemigo nunca estuvo fuera. No obstante, no olvides que mientras sigas respirando estás a tiempo. Tú decides.