Te empeñas en librar batallas en escenarios que jamás han existido, derrochando los días con obstinación ciega, malgastando el tesoro irrepetible que es la propia vida. Te agitas, te defiendes, construyes enemigos en rincones de tu mente, y conviertes tu tránsito por el mundo en una guerra constante contra algo imaginario, que sólo existe en tu cabeza.
Desde tu idiotez, te esfuerzas en construir conflictos inexistentes. Para ello, creas dramas superfluos, participas con fervor en disputas ajenas, haces tuyas ofensas que no te pertenecen y defiendes causas nacidas de tu orgullo y del miedo que atesoras. Te aferras a la razón como a un estandarte, sin advertir que pierdes la paz en cada contienda, que cada discusión innecesaria es un fragmento de existencia, de tú existencia, que no regresará jamás.
Más tarde, cuando el cansancio te empieza a pesar y el vacío se te hace evidente, buscas con desesperación la felicidad que tu idiotez se encargó de destruir. Imploras a Dios, a los ángeles, a los astros, a la propia vida, o a quién sé yo, una vida distinta después de haber reducido a escombros la que tenías.
¿Sabes qué ocurre? Mientras tanto, la vida avanza, silenciosa, indiferente a tus guerras ficticias. Los días se suceden sin pausa, las estaciones cambian, el tiempo no se detiene.
Finalmente, llegas a la vejez, la última, y maravillosa, etapa de este viaje llamado vida. Periodo que debería servirte para descansar. No obstante, ahí sigues: amargado, resentido, atrincherado en tu propio campo de batalla imaginario. Fuiste incapaz de soltar, de comprender, de vivir sin convertir -casi- cada instante en una lucha que jamás debió comenzar.
Y lo más trágico no es haber vivido en una guerra imaginaria, sino no haberte dado cuenta que el verdadero enemigo nunca estuvo fuera. No obstante, no olvides que mientras sigas respirando estás a tiempo. Tú decides.
No hay comentarios:
Publicar un comentario